Apártate, que no me dejas ver el sol, digo… la pantalla

Si no fuera algo tan serio, sería como para partirse de risa. Porque, vamos a ver: juguemos a despojar a la cosas de su nombre. Imaginemos que no existen términos obsesión, compulsión, fobia social y media docena de ellos de sentidos y usos similares. Dejamos un punto y aparte para darte tiempo a que te mentalices.

A ver, que te cuento el caso: es el de un conocido cuyo nombre vamos a inventarnos… Diógenes, en honor al carismático villano creado por Douglas Preston y Lincoln Child, Diógenes Pendergast. Pues bien: hablaba el otro día (ayer) con Diógenes –tras meses de no saber de él más que por el servicio de mensajería de una página web (El Messenger, hombre) sobre ordenadores, que es un tema que nos encanta a ambos… Y me dejó de piedra. Pómez.

Resulta que aquí, a mi amiguete, se le han quedado pequeños seis discos duros de dos teras… Miles de horas de música y vídeo, que no va a tener tiempo de escuchar y ver por muchos años que viva, ocupado espacio tontamente, sin orden ni concierto; docenas de programas, cada cual más absurdo… Y Diógenes que ha decidido que prefiere gastarse el dinero en otro disco duro antes que eliminar películas que sabe que no le van a gustar y música que le parece aburrida.

Diógenes sufre un Diógenes digital

Como en el primer párrafo hemos decidido renunciar a las denominaciones que la ciencia le ha dado a los comportamientos desordenados, ahora me toca instarte a que encuentres un nombre para lo de este caballero. Vale: ahora uno que no sea insultante o irrespetuoso. No es tan fácil, ¿verdad?

Venga, pues, retomemos la posibilidad de llamar a las cosas por su nombre ¿A qué te recuerda el comportamiento de mi amigo? Piensa en esas noticias que de vez en cuando se cuelan por el telediario de una persona a la que los bomberos han tenido que rescatar de su propia casa. Ya ves que el sobrenombre de mi conocido, además de para ocultar su personalidad, nos viene muy bien para el tema que tratamos: el Síndrome de Diógenes, sólo que en tiempos modernos lleva, como no, el apellido de digital.

La frase maldita: “Por si acaso”

El desorden queda definido en parte por la conducta de mi conocido: acumular archivos y programas que no son necesarios por el mero hecho de acumularlos, de forma desordenada, compulsiva. El motivo por el que mantiene en sus unidades tal cantidad de, llamémosla usando su recto nombre, basura (lo es, por muy digital y binario que sea su formato) es el famoso “por si acaso”.

El mero hecho de pensar en borrar un solo bit le produce a Diógenes una sensación de ansiedad tal que con sólo mencionárselo se le tensan los músculos de los hombros, tanto que podrían doblarse barras de acero sin siquiera dejarle marca.

Sus archivos son sus “tesoros”: una discografía descargada por el hecho de que escuchó una canción que le gustó, o los veinte libros de un escritor cuya entrevista emitieron una vez por televisión; programas que no ha sabido ejecutar… En fin: imagínate esos discos duros.

No se vayan todavía…

Ciertamente, todos tenemos un poco de este síndrome (quien no se haya descargado un disco por una canción o una peli por una crítica, que tire la primera piedra –virtual, por si acaso-), pero la diferencia, como cuando hablamos de cualquier otro trastorno se da cuando se convierte en una costumbre y la costumbre en una manía que acaba a su vez condicionándote la vida.

Efectivamente, el Diógenes(el síndrome) virtual es tan grave como la forma en la que nos condiciona –falta de relaciones sociales, falta de higiene, cambios de humor…- o nos molesta sufrirlo… Y afecta a los demás, claro.

Pero, ¿qué causas se encuentran en la raíz de este mal? Buena pregunta. Sin duda…

Tal vez podamos bucear en infancias, subconscientes, traumas… Pero no parece que haya una causa clara, un desencadenante más o menos universal. Es posible que sólo nos quede ser conscientes de los posibles síntomas y, antes de que nos condicionen, ponerles remedio.

Todo tiene solución… incluso lo tuyo

¿Remedio? Pues sí, lo tiene: para empezar, hay que detectar el desorden y evitar que el enfermo vuelva a las condiciones de aislamiento en las que solía hallarse. A veces, es preciso tratar alguna patología asociada como una depresión o delirios crónicos y, en casos extremos, se recomienda internar a esta persona en una residencia adecuada.

A ver, a ver… que ya te veo marcando el número del sanatorio… Que lleves diez días alimentándote a base de pizza, bajándote las series de televisión de cuatro en cuatro, sin mudarte de ropa, con unas uñas en los pies que parecen las zarpas de un tigre y levantándote, sin que nadie te llame, a las tres de la tarde no quiere decir (necesariamente) que estés enfermo. Ocurre que estás… “de Rodríguez”.