De lobos, hombres y prostitutas

A veces nos empeñamos en buscar un análisis de la psique de un colectivo: ¿qué tienen en común, psicológicamente, los bomberos, los futbolistas, los empleados del servicio municipal de basuras…? Y no siempre existe una base fundada para ese psicoanálisis grupal. Es más: ni siquiera cabe, en muchos casos, hablar de rasgos comunes o dividirlos por subgrupos desde el punto de vista psicológico.

Y lo dicho hasta ahora es aplicable al cien por cien a un colectivo al que probablemente no se le ajuste del todo el nombre de “colectivo”: el de los usuarios de servicios de acompañamiento. A quienes, por sistema, “se van de putas” habituamente, para dejarlo claro y sin posibilidad de resquicio a la duda semántica.

No se puede, decimos, analizar a un grupo que lo único que tiene en común es que paga por unos servicios de relax, y es que es tan variado, tan heterogéneo en su composición, que habría que realizar tantos análisis como individuos pertenezcan a él… O no.

La clave puede estar en el ello

Lo cierto es que cada uno de estos individuos ha vivido su infancia y su relación con el sexo de una manera diferente; si entramos en consideraciones del, digamos, “núcleo duro freudiano”, tampoco vamos a encontrar vivencias edípicas necesariamente comunes.  Desde el punto de vista de la animalidad racional, pocos puntos van a unir a estos hombres.

Sin embargo, si tomamos la parte menos humana del hombre, la parte de nuestra psique que da nombre a este blog y que la enciclopedia virtual Wikipedia define de la siguiente manera: “El Ello es la parte primitiva, desorganizada e innata de la personalidad, cuyo único propósito es reducir la tensión creada por pulsiones primitivas relacionadas con el hambre, lo sexual y los impulsos irracionales”. Si analizamos el ello, es posible que sí encontremos más elementos comunes.

Un prisma útil

De acuerdo, el ello, tal como lo entendemos, tiene casi todos los aspectos idénticos en los distintos seres humanos, en tanto en cuanto se refiere a la parte primitiva, la de la animalidad cubierta por convenciones y represiones (¿no es lo mismo?), pero será también el prisma bajo el que podamos analizar a buena parte de los usuarios de los servicios de acompañantes.

Decíamos que el propósito del ello es reducir la tensión que crean las pulsiones primitivas, entre las que se cuenta lo sexual. Pues bien, el primer punto en común es evidente: este colectivo satisface estos impulsos pagando.

El sexo por dinero, un atajo

Pero este hecho de pagar por la compañía íntima de una mujer (o lo que cada cual quiera, según sus preferencias en este terreno) implica algo más, y quizá no tan evidente: el hecho de no querer (no nos equivoquemos: nadie debería decir que no puede) seguir el juego de la seducción indica que prefieren la vía directa y fácil.

Y, claro, tirando del hilo, esta implicación lleva a otra más allá. Comparemos ahora el sexo de los usuarios (insistimos, habituales) con el acto de comer. Y hagámoslo desde el punto de vista menos humano posible, asimilando el ello humano a la necesidad de alimentarse de un lobo.

Lobos, hombres y hambres

El animal no se sienta a la mesa, no espera a que todo el mundo esté sentado ni aúlla una acción de gracias por el ciervo que está a punto de comerse. Dejando de lado las consideraciones de jerarquía de la manada (una trampa que nos vendrá muy bien dentro de unos párrafos), la cadena de acontecimientos es: “tengo hambre – como”. En cuanto al sexo, en el caso del ser humano existen dos vías:

La vía uno, condicionada por todas las consideraciones sociales, educativas… sería algo así como: “Quiero sexo – no tengo sexo – salgo a buscar sexo – me integro en un entorno en el que podría encontrarme con alguna hembra que también pueda llagar a querer sexo…” Llegados a este punto, llega la fase de prueba y error que nos lleva a la siguiente “… encuentro a una hembra que puede permitirme tener sexo…” Ahora, la no siempre simple fase de seducción que nos lleva, por fin, a “tengo sexo”.

La vía dos –efectivamente, la del colectivo que estamos analizando- es bastante más corta: “quiero sexo – no tengo sexo – pago – tengo sexo”. Ni mejor ni peor: distinta. Y mucho más breve.

Siempre han existido las clases

En cuanto a lo que decíamos del lugar en la manada y del lobo y su hambre, quien más quien menos sabe que, en una manada de lobos, come antes y la mejor parte el animal de mayor estatus, mientras que los más jóvenes o débiles tendrán que conformarse con las partes menos sabrosas, con roer los huesos e incluso con pasar hambre.

En lo que se refiere a la manada humana, las diferencias no las marca el músculo, sino la cartera, de modo que quien posee una economía saludable puede permitirse más a menudo pagar por satisfacer sus pulsiones y hacerlo más a su gusto.

Si es que no somos tan diferentes entre nosotros… ni de los animales.