Nuestra ropa también habla de nosotros

Dentro del conjunto de aspectos que determinan la comunicación no verbal, existe uno que, muchas veces, no es tenido en cuenta con la debida importancia, pero que sin embargo tiene un gran efecto a la hora de ayudar a formar una opinión sobre los demás y sobre nosotros mismos. Estamos hablando de la ropa y los complementos que elegimos para vestirnos en nuestro día a día. A pesar de que la moda o el estilo personal pueden ser considerados como algo secundario a la hora de juzgar nuestra personalidad y/o actitudes profesionales, lo cierto es que éste es un elemento clave a la hora de causar una primera impresión en situaciones determinantes, como por ejemplo una entrevista de trabajo.

Y es que, a través de la ropa (y también de cómo la llevamos), enviamos determinados mensajes al resto de la sociedad. A veces lo hacemos de forma intencionada y consecuente: tenemos el propósito de dar una imagen de nosotros mismos y lo potenciamos a través de la ropa, dando una entidad visible a nuestra personalidad. Otras veces, sin embargo, actuamos de forma inconsciente, aunque el efecto sobre los demás termina siendo el mismo. A través de la información que podemos emitir y recibir, conformamos opiniones sobre los otros (y también somos objeto de opiniones ajenas); y esto no es el resultado de un sólo elemento, sino de todo un conjunto de variables.

Por ejemplo, hay colores determinados con los que podemos transmitir sensaciones concretas. No es casual que, en los entierros, se deba llevar ropa en tonos discretos; por regla general, los colores llamativos resultan inapropiados en un ambiente así, o incluso una falta de respeto. De la misma manera, es lógico que, cuando elegimos la ropa que llevaremos en una entrevista de trabajo, estemos dando información sobre nosotros mismos de antemano. El uso de colores sobrios puede representar discreción y seriedad; los colores más fuertes pueden revelar una personalidad acorde y, quizás, liderazgo. Una indumentaria indebida, como pueden ser piezas de ropa demasiado provocativas o informales, pueden situarnos automáticamente fuera de un proceso de selección.

Lo mismo sucede en nuestros puestos de trabajo; los empleos de oficina o aquellos relacionados con el mundo empresarial o de negocios suelen conllevar un estilo de ropa más elegante y formal, mientras que otras ocupaciones pueden requerir estilismos más elaborados, llamativos o alegres. Cuando vamos a una tienda de ropa, esperamos que tanto los dependientes como las dependientas vistan una ropa acorde a la imagen del negocio (ya sea vistiendo la misma ropa de la marca o una estética similar). De igual forma, cuando asistimos a una reunión o una conferencia en nombre de nuestra empresa, se espera que demos una buena imagen de nosotros mismos, ya que en ese momento la estamos representando. Por eso, una ropa inadecuada, puede ser un error que tenga consecuencias importantes en nuestra actividad laboral.

Finalmente, hay que tener en cuenta como, muy a menudo, nuestros estados emocionales influyen en la ropa que elegimos llevar. Es posible que, de forma inconsciente, elijamos piezas de ropa más oscuras y discretas cuando nuestro estado emocional no se encuentra en su mejor momento; y, evidentemente, existe una correlación directa entre nuestra personalidad (o la que queremos transmitir) con la ropa que escogemos.

En conclusión, el conjunto de nuestra indumentaria, desde la ropa hasta los complementos, pasando incluso a otros aspectos como son el peinado, el calzado o si llevamos o no tatuajes, ejercen de prisma a través del cual proyectamos parte de nuestra personalidad y de nuestro estado anímico. Ser consecuentes con nosotros mismos y adaptar esa línea a cada situación (por motivos externos como un puesto de trabajo o una circunstancia determinada) son aspectos que deberemos sopesar para ser consecuentes (o no) en el día a día e, incluso, para tener éxito en determinados ámbitos.